Esta serie de posts presenta una definición del termino madurez aplicable a las películas colombianas, es decir, la posibilidad de películas colombianas adultas. En la primera parte se estudian algunas tendencias valorativas de la crítica en el país y se propone el análisis de madurez como complemento y alternativa. En la segunda, se presenta un acercamiento a la definición del tópico con base en elementos formales y narrativos y ejemplos del cine colombiano reciente. Finalmente, se evalúa la situación del cine nacional actual, discutiendo su tendencia a la adolescencia cinematográfica y el infantilismo. Se argumenta por la necesidad de películas colombianas adultas y se propone Los Niños Invisibles como prototipo.
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Banalidad Moral
¿Cuándo fue la última vez que un personaje en una película colombiana tuvo que enfrentar un dilema, una situación en la que debiera escoger entre dos males? Que el soldado cristiano en Soñar no Cuesta Nada diga una cosa y haga otra no significa que haya tenido el menor conflicto, solo que se necesitaba dar una sorpresa más a la trama. Además en su posición solo podía ganar: de hacer conservado la virtud, de acuerdo con sus creencias, la recompensa es divina, pero habiendo separado el dinero para su familia, de manera más inteligente y previsora que los otros soldados, seguro no solo "arregla" la situación de su esposa e hija, sino que también obtiene algo de perdón, por lo menos el de los espectadores.
Para el hijo que inadvertidamente concierta el secuestro de su padre en Karmma, descubrir su error simplemente significa cambiar de posición como de camisa (o como quitarse la camisa, más bien) y dedicar el resto de la película tratando de rescatarlo. Si algo falta en esta representación es, precisamente, conflicto.
En términos más generales, los personajes en el cine colombiano contemporáneo tienden a ser moralmente planos y las películas a pertenecer a una de dos categorías: o todos los personajes son buenos en el fondo (algo que nunca duda, por ejemplo, el protagonista sobre su amigo "caido en desgracia" en Las Cartas del Gordo), o todos son malos, egoistas, ambiciosos, corruptos, inescrupulosos, etc..., como en Bluff. En este último caso, parafraseando a Animal Farm, todos los hombres son iguales, pero unos son menos iguales que otros, los protagonistas, quienes queremos que ganen.
Probablemente la respuesta a la pregunta sobre los personajes y los dilemas corresponde a Santiago, protagonista de Sumas y Restas, al decidir si ir al entierro del hermano de Gerardo o quedarse con su familia, sabiendo que lo primero le costaría el matrimonio y lo segundo causaría la ira del impredecible traqueto. En general una posición adulta se debe relacionar con una comprensión de la realidad que incluya situaciones que no dependen del carácter de los personajes, así como personajes con carácteres ambiguos.
Melodrama
No solo los personajes del cine colombiano tienden a tener deseos y conflictos relacionados solo con los impulsos más básicos, sino que los suelen enfrentar a gritos. Es decir, no solo son elementales e impulsivas sus acciones, sino que a ellas se añade una carga enorme de expresividad y emotividad. En las películas colombianas actuales, como se ha dicho, los personajes tienden a estar sujetos a algún tipo de frustración y no son ni mucho menos tímidos al expresarlo. Dios los Junta no es tanto una película construida a partir de conversaciones telefónicas como de discusiones y altercados y en gran parte lo que hemos descrito como el asalto perceptual en El Colombian Dream se debe a la exageración gestual y emotiva de los personajes, así como a su estridencia. Uno se pregunta si el "impecable sonido" de las películas colombianas recientes no se deba simplemente a que los parlamentos se recitan casi a los gritos. Un ejemplo arquetípico de este histrionismo criollo es Álvaro Rodríguez, en los papeles que representa en El Trato (traqueto borracho gritando y dando tiros al aire), El Colombian Dream ("Hombre Despechado" gritando en un balcón) y Dios los Junta y Ellos se Separan (hombre borracho gritando al teléfono).
Nadie que haya hecho una película en Colombia en el último par de años parece haberse preguntado si es posible el drama (es decir, el conflicto, la historia) en una película colombiana sin recurrir al melodrama, la exacerbación de las emociones. Un personaje como el protagonista de El Hombre sin Pasado, el Bogart de El Halcón Maltés o Casablanca, o Sharon en The Rapture, alguien que permanezca estoico ante situaciones cargadas de drama, es impensable en el cine colombiano contemporáneo.
Sin embargo, el asunto de fondo no es tanto si las emociones en las películas se expresan o no de manera exagerada, o ni siquiera si el "carácter nacional" de los colombianos (si tal cosa existe) es por naturaleza estrepitoso, sino más bien si solo las historias en las que ese tipo de emociones y expresiones están presentes son las únicas dignas de contarse. Nuevamente, es una cuestión de posición crítica ya no ante el cine sino ante la realidad seleccionar las historias llenas de emociones extremas pero sobre todo descartar aquellas en las que, a pesar del drama subyacente, las personas actúan de una manera mucho más circunspecta.
Piénsese en un atraco, por ejemplo, sin duda un evento extremadamente dramático para todos los involucrados y uno muy familiar en las ciudades colombianas. Este tipo de robos suele ocurrir de una manera bastante poco emotiva, con una comunicación excepcionalmente clara (el ladrón quiere dinero y la víctima salir ilesa) y emociones contenidas (generalmente por miedo, en ambos casos). Incluso después del trauma, la víctima no tiende a expresar abiertamente sus emociones, por lo menos no de manera exagerada, pues no suele haber espacio para ello en los trámites (de policía, etc) y la formalidad de contar y recontar la historia (a la misma policía, a amigos y familiares). No obstante, la versión cinematográfica -colombiana contemporánea- del mismo incidente seguramente mostraría un ladrón más decidido y ruidoso (asustando a su víctima con el ruido y no con el arma) y una víctima menos racional pero sin duda mucho más expresiva.
The complexity that diabetes brings to all relationships is unquestionable. That it brings it to our marriages and partnerships poses deeper challenges. The guilt I feel for example, for burdening my husband with my limitations, my fatigue after a night of lows, my frustration with the world after a week of highs. None of that is his fault yet I'd be lying if I said that it doesn't slop over onto him at times.
Posted by: Generic Viagra | September 13, 2010 at 02:02 PM